jueves, 15 de enero de 2015

«Atlanta muestra la diversidad de los setenta»

MARTES, 15 DE ENERO DE 2008.

Por Edgardo Imas (Socio del CIHF)

En la última novela del escritor y periodista Eduardo Blaustein son nombrados el club y algunos jugadores que fueron ídolos en los años sesenta y setenta. Si bien las referencias futboleras no son predominantes en el texto, el autor explica los porqués de dichas menciones.

El tercer libro de Eduardo Blaustein, La condición K, fue publicado en el 2003. El título de su segunda novela posee remisiones kafkianas y no santacruceñas: el autor terminó de escribirla en el 2000, cuando aún se respiraba, se soñaba "uno a uno".

La trama se basa en el afán del protagonista, el periodista Carlos María Breitner, por encontrar un sentido a las cosas, a la vida, a través de la biología: el lenguaje de las hormigas solenopsis. Una búsqueda alienante, caótica, desopilante -acorde con el estilo narrativo de Blaustein-, a la que Breitner dedica todo el tiempo fuera de su horario de trabajo: tiene laboratorios de cría de hormigas, frascos de almacenamiento y elabora estadísticas. Lleva también un cuaderno de bitácora, donde va volcando los avances en la investigación: «La condición K es eso que hace que en algún lugar insterseccionen los universos de las solenopsis y los humanos. […] es una cierta disposición de espíritu inherente a toda entidad, organismo u objeto como para entrar en sintonía con la unidad anterior de todas las cosas».

Todo transcurre en un insólito Buenos Aires del futuro, con ejecuciones públicas transmitidas por TV y auspiciadas por Benetton, y los colectivos de la verdeamarilla línea 148, que recorre el sur del conurbano bonaerense, han sido blindados por razones de seguridad.

Los personajes de la novela confluyen en la redacción de un diario, ámbito que Blaustein conoce muy bien dada su actividad en importantes medios gráficos en los últimos veinte años. Las relaciones entre quienes conviven en ella, las miserias y las ambiciones de cada uno, los complots y alianzas que se tejen, y la "cocina" de las noticias, que incluye a corresponsales que viajan al pasado para cubrir el terremoto de San Francisco en 1906 o el incendio del Reichstag en 1933.

Además, La condición K tiene varias aristas futboleras. En la página preliminar que sigue a la portada hay dos citas: una le pertenece al biólogo Julian Huxley; en la otra aparece la primera grata sorpresa y es de autor anónimo. Se trata de un graffito que Blaustein descubrió en la zona de acantilados en Mar del Plata: «Los hinchas de Atlanta invaden la Tierra», quizás una advertencia que eclipsa a aquellos marcianos atacantes de H. G. Wells en La guerra de los mundos.

Sobre la frase Blaustein dice: «El graffito lo vi, es real. Lo vi hace unos años al sur del Torreón del Monje, no me acuerdo qué hacía yo en Mar del Plata, pero lo anoté en algún lado porque me encantó. No tendría gracia si dijera: "Los hinchas de River" o "de Boca. Es un hallazgo sólo si refiere a hinchas de un club chico y muy singular. Nobel al que lo hizo». Y agrega, explicando su inclusión en La condición K: «No lo metí en la novela tanto por lo que haya de futbolero sino porque da una pista rarísima, oblicua, de lo que pretende la novela: algo de lo popular y de la ocurrencia popular cruzado con algo de lo fantástico. Y sobre todo porque quería difundir el chiste».

A medida que se van presentando los personajes, llama la atención de que sus apellidos remitan a tantos otros miembros del mundillo futbolístico vernáculo y hasta del internacional, desde el ya citado Breitner, pasando por el subeditor de deportes Milcíades Prospitti, Troncoso y el jefe Castrilli.

Acerca de esta incidencia futbolera, Blaustein señala: «El primer día en que Sasturain [también escritor y periodista] hojeó el libro, a modo de maldición, de casualidad abría el libro en páginas donde están esos apellidos. Y yo le decía: "No, son sólo unas páginas". Pero él seguía abriendo y salía más y más futbol y me cargaba. Pero no hay ninguna intención de hacer nada trascendente con el tema futbolero sino simplemente darme un gusto personal, divertirme, de nuevo algo de nac & pop cruzado con otras cosas. Pero también porque la novela mezcla tiempos históricos y porque en la trama cierto suspenso está ligado a un nuevo modo siniestro de practicar el viejo arte del fútbol».

Mientras los dueños de los holdings multimedios y cierta dirigencia sueñan un mañana con un fútbol pasteurizado, aséptico, sin hinchas en las canchas y con espectadores en livings y bares mirando por TV partidos codificados y pagos, en la novela Blaustein convirtió el fútbol del futuro en un metegol mecánico con los grandes valores de fines de los años sesenta y principios de los setenta. No obstante, el anterior aún subsiste: «El que juegan los muchachos de la redacción los días sábados, contra equipos de otras empresas, ése es el fútbol de antes», se reflexiona en un pasaje.

Los torneos se desarrollan con la participación de escuderías cuyos jugadores son seleccionados por una central de juego con el auxilio imprescindible de la tecnología y completísimas bases de datos. Junto al Mono Irusta, Righi, Jota Jota López, Rogel, Telch, Avallay, Toscano Rendo, Carlos Bianchi, entre otros, no podían faltar el temperamental Aguirre Suárez ni la garra charrúa de Chivo Pavoni, pero -otra sorpresa para el lector de Atlanta- también están presentes el Baby Cortés, Gómez Voglino y Palito Candau, e incluso otros dos ex bohemios de una generación anterior, Gonzalito [Alberto Mario González] y Puntorero.

«[…] Avallay espera en el área y del otro lado espera Candau… Uh, dicen el vendedor de panchos y siete más. Lo partió. Falta. Violento foul de Aguirre Suárez. Vencido por la arremetida, Candau queda ladeado, 50 grados respecto del piso. Se ve la fisura en el molde de fibra, a la altura del muslo. Se aprecia un hundimiento en el esternón. Sin embargo parece que Candau no necesita de la asistencia de los técnicos, que se limitan a enderezarlo. […]

»Pelota de Gómez de Voglino para Ponce que está habilitado. Picó Roque y no lo sigue nadie. Ahí viene el centro de Mané. Cabezazo palo gol.»

Los de rayas, maniquíes retráctiles, vuelven mudos a su campo. Carecen de rivales que miren al piso o pongan los brazos en jarra. A ninguno se le ocurre patear la pelota contra la red en señal de fastidio. Hay sin embargo en las tribunas quienes gritan gol. Tristes son los gritos de los estadios despoblados.

»En Europa el juego no tiene un nombre tan pobre como metegol y es inmaterial, he aquí lo extraordinario. […].»

Un tributo del autor, contumaz riverplatense, que explica: »Las referencias a aquellos apellidos ilustres de Atlanta tienen que ver con nuestra memoria afectiva, en este caso de los años setenta. Por un lado, efectivamente ese equipo de Atlanta me gustaba mucho. Recuerdo bien patente que un día jugaban River-Atlanta y que hice uno de mis primeros descubrimientos "científicos" acerca de cómo deben desplazarse los jugadores para recibir la pelota: Cano recorría la línea de la defensa de River con una especie de diagonal casi a espaldas de nuestros jugadores y realmente me daba mucho miedo de que le llegara la bola»

.«Si Huracán del 73 es una de las metáforas conocidas de la felicidad de entonces, Atlanta habla de la diversidad o de la "dirección" de la paleta de colores de entonces. De la misma manera (épocas) que no es lo mismo Muhammad Alí que Tyson, Woodstock que Virus» completa Blaustein el análisis de aquellos tiempos, y añade: "A medida que transcurre el relato, las referencias futboleras, y otras muchas, tienen que ver con cosas que fueron parte de un mundo y de una memoria que no están más, con la frase célebre: «Todo lo sólido se desvanece en el aire", pero esta vez formulada con cierta constatación amarga o triste del paso del tiempo, de cambios no deseados, de agonías que uno no quisiera, todo hacia un mundo más gris, más vacío, más mecanizado y anónimo. Y basta… porque me pongo solemne».

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